“¡Me ha dicho mamá que no me quieres!”

Capítulo introductorio del libro de Carmen Serrano

A modo de introducción

Estaba sentada en una cafetería, tomándome un café, al tiempo que escribía no recuerdo qué. Como me gusta escribir, suelo hacerlo bastante concentrada aunque haya mucha gente a mi alrededor.

La cafetería tenía una terraza que daba a un parque amplio, con columpios, toboganes y, por supuesto, lleno de niños. ¡Eso me encanta! Aunque el parque estaba un poco alejado, se apreciaba el ir y venir de los niños hacia las mesas de la terraza, pues siempre tienen algo que decirles o pedirles a sus padres: agua, chuches, helados, papas…

Esa cafetería casi siempre está repleta de madres, aunque no de todos los padres que debieran.

Me llamó la atención un niño que tendría unos cinco o seis años, y que además de estar solo y no jugar con ningún otro niño, le daba patadas con desgana a una pelota. Cierto es que de vez en cuando le daba algún toque más fuerte.

Yo pensé que estaría enfadado y, por eso, de vez en cuando, se lo explicaba al balón.

Su madre debía de ser alguna de las señoras que estaban sentadas en la terraza, a tres mesas de la mía. Y entonces vi cómo el niño cogía la pelota y corría hacia mí. Me pregunté: «¿Qué habrá visto en mí que viene tan deprisa y le ha devuelto la sonrisa?».

Al tiempo que corría, le dijo a una de esas señoras: «¡Mami, es papá!», pero a tan solo unos tres metros de mi mesa frenó en seco. Y esperó con los hombros caídos a que su padre se le acercara. Entonces me dio la risa, la verdad, porque deduje que iba a comenzar el chantaje emocional, pensé que seguramente quería que le comprara algo o que lo defendiera ante los demás niños para que vieran que con su padre nadie podía… ¡Bonita manera de llamar su atención! Pensé que le contaría a su padre, con expresión triste, lo que le pasaba.

Mi cara debía de ser el reflejo de la felicidad en el estado más puro, recordando en esos instantes que yo también sentí eso de pequeña: «Mi padre es el más fuerte. ¡Ahora veréis!».

Su padre se agachó a su altura con la intención de darle algo, pero no le dio tiempo porque el niño le dijo con el tono más triste que jamás he oído de boca de un niño a su padre: «¡Me ha dicho mamá que no me quieres!».

Agaché la cabeza, intentando aislarme de lo que acababa de presenciar. Solo sé que, cuando pasaron por mi lado, su padre lo llevaba en brazos y abrazándolo lo atraía hacia sí. Imagino que con lo que ese niño creía resultaba difícil de consolarlo.

¡Dios mío!, lo que hubiera dado yo por abrazar a ese niño y decirle que eso que le había dicho su mamá no era verdad, que seguramente se lo habría dicho enfadada y sin pensar en las consecuencias de sus palabras. Que los adultos a veces hacemos estupideces, sin ser conscientes del daño que hacemos a personitas como ellos, los niños, y que, desde luego, ninguna culpa tenía él. Me habría gustado hacerlo, pero lógicamente no pude.

Recuerdo que, pasados unos instantes, me dieron ganas de acercarme a las mesas y preguntar como una loca quién había sido la indeseable capaz de decirle eso a un niño. Para más inri, a su propio hijo. Le había preparado la maletita para que se marchara con su padre, pero en ella no solo llevaba ropa, también amargura y dolor. Mucho dolor.

Son miles los niños a los que se les dice esto o cosas parecidas. Y éste es el maltrato más sutil y dañino que se le puede hacer a un niño. Es imposible crecer emocionalmente sano si oímos estas cosas desde pequeños.

Si descubriésemos que una mujer no da de comer a su hijo, automáticamente dejaríamos de llamarla madre, y además, el resto de las mujeres la denunciaríamos; no lo permitiríamos. Eso mismo hacemos con los hombres a diario. Denunciamos a todo aquel que comete cualquier exceso con el resto de la sociedad. Nadie defiende a maltratadores, violadores o asesinos. Sin embargo, permitimos que los niños sean masacrados emocionalmente con palabras que solo parecen palabras, pero que realmente caen sobre las mentes de los niños como flechas, provocando la mayoría de las veces heridas que nunca terminarán de sanar, que lamentablemente les acompañarán a diario, al colé, al instituto, en sus primeras relaciones y durante el resto de sus vidas, a no ser que hagamos algo todos juntos para cambiar esta situación. ¿De qué les sirve tener el estómago lleno si sienten que las peleas de sus progenitores son provocadas por ellos? No intentes explicarle esto a un niño. Él piensa que si no hubiera nacido, sus padres no se pelearían.

¿Y sabes qué pienso? Que lamentablemente tienen razón, porque sin ellos no habría casas por las que pelearse, ni pensiones, ni horarios, ni amenazas del tipo «¡Vas a pagar de por vida lo me hiciste!».

Este incidente, el que me ocurrió aquel día en la cafetería, fue el detonante de este libro y de todas las demás actividades que vengo desarrollando desde entonces. Creo que aún no he superado aquel incidente. No lo superaré hasta que todos los padres juntos hagamos que la sociedad entera sea consciente de que no importa el género de quien diga una atrocidad como aquella a un niño. Da igual si lo dice la madre o el padre. Que el hecho de traer hijos a este mundo no nos hace santos. Ni sabios… Y quien cometa esa maldad debe ser consciente de que causa un dolor innecesario. Que le conste —porque así se lo haga saber la sociedad entera— que comete el mayor maltrato a los niños de este mundo civilizado. Por encima de una bofetada, por violenta que ésta sea, estoy convencida de que la bofetada psicológica que supone que alguien le diga a un niño que sus padres no lo quieren es aún peor. Puede suponer una hecatombe mucho más grave que la maldita bofetada física en la vida de cualquier niño.

Desde el principio, me gustaría dejar muy clara una distinción: no es lo mismo tener hijos que ser padres. No es lo mismo. Ni siquiera parecido. Y es esta diferencia la que tenemos que entender todos para siempre, porque una vez comprendida e interiorizada por padres, educadores y hasta por los medios de comunicación y audiovisuales (series, películas, programas de televisión…), habremos evitado que muchos niños crezcan atormentados.

Tengo el convencimiento de que lo más importante para el desarrollo de un niño, por encima de conocimientos académicos, situación económica y demás cosas que podamos necesitar los adultos, por encima de todo eso, lo que más necesita un niño es sentirse querido y crecer sin prejuicios sociales.

Los niños no vienen a este mundo para cumplir nuestros sueños, sino que estamos obligados a ayudarles a que ellos cumplan los suyos.
¿Alguien se ha parado alguna vez a preguntarse qué piensa un niño ante una situación como la que viví ese día en aquella cafetería?
El niño aquel seguro que pensó: «Dice mi madre que mi padre no me quiere. Pero ¿por qué no me quiere? Yo no le he hecho nada malo. Además, yo sí lo quiero mucho a él. ¿O acaso no debería quererlo?».

¿Alguien se puede plantear decirle a un niño que no debe querer a su padre o a su madre?

¿Y qué pensará si quien se lo dice es la persona que eligió al padre que ese niño tendrá de por vida?

¿Y qué pensará de ese hombre, que le han dicho que se llama papá, pero le dice cosas malas de su madre, con lo mucho que él la quiere?
¿Y qué pensará al ver que solo puede ver a su papá o a su mamá en un horario estricto de visitas, como si fuera un delincuente encarcelado que no puede decidir cuándo y a quién puede ver? ¿Pensará el niño que él también es un delincuente por el simple hecho de haber nacido?

Aunque la situación del niño es aún más trágica, puesto que los delincuentes al menos tienen abogados que los defienden. Pero ¿quién defiende a ese niño al que en la intimidad de su hogar le dicen esas cosas?

Hoy, cuando este libro ya está terminado y es parte de mi vida, me gustaría pensar que esa mujer a la que catalogué como indeseable tenga la posibilidad de leer este libro, por iniciativa propia o porque alguien se lo hiciera llegar. Lo espero de todo corazón.


¡Me ha dicho mamá que no me quieres!
Serrano, Carmen
ISBN: 9788441432895
EDITORIAL: Editorial Edaf, S.L.
AÑO PUBLICACIÓN: 2013

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