El poder de las madres

La psicoanalista argentina revolucionó la sicoterapia internacional con su libro Madre, virgen, prostituta. En él, Estela Welldon asegura que “no hay que subestimar jamás el poder de una madre”, el cual puede ejercerse para bien y para mal.

(Extraído de http://www.paula.cl)

Nació y se crió en Mendoza, Argentina. Terminados sus estudios de Siquiatría se trasladó a Estados Unidos y luego a Londres. En 1971 ingresó a la Clínica Portman, de la ciudad británica, una institución que se dedica a la siquiatría forense, esto es, estudiar, evaluar y tratar a pacientes que ejercen perversiones sexuales y criminalidad. En esta clínica trabajó 30 años en contacto directo con los pacientes y se interesó especialmente en las mujeres. Lo que descubrió es que detrás de toda conducta femenina con rasgos antisociales o perversos hay una madre negligente, abandonadora o abusiva.

Las investigaciones de Estela Welldon dejan en evidencia el impresionante poder de la maternidad y la necesidad de comenzar a mirarla con realismo: “La sociedad espera que las madres se comporten como si estuvieran provistas de una varita mágica que no solo las libera de anteriores conflictos, sino que también las dota de lo necesario para realizar bien su tarea. Sin embargo, es más fácil decirlo que hacerlo, ya que las madres también son hijas de sus propias madres y, por lo tanto, son portadoras de sus propios traumas. Son estos traumas los que pueden llevarlas a tener conductas transgresoras”, afirma.

Welldon es considerada una de las siquiatras latinoamericanas más importantes a nivel internacional. Es miembro activo del Royal College of Psychiatrists; miembro Senior de la Asociación Británica de Sicoterapia y de la Confederación Británica de Sicoterapistas; consultora honoraria de las Tavistock-Portman Clinics de Londres; directora y fundadora de la Licenciatura en Sicoterapia Forense de la University College of London; fundadora y presidenta honoraria vitalicia de la Asociación Internacional de Sicoterapia Forense. En 1997 fue nombrada doctora honoris causa por la Oxford Brookes University.

Cuando en 1988 publicó el libro Madre, virgen, prostituta la polémica estalló. De partida, EstelaWelldon afirmaba que las mujeres podían ser tanto o más perversas que los hombres. Y sí. “Siempre se dice que las mujeres son neuróticas y los hombres son perversos”, afirma. “Se supone que la perversión está asociada al órgano sexual masculino. Pero las mujeres tenemos otra estructura sicosexual y, por lo tanto, nuestras propias formas de perversión, y es importante reconocerlas para administrarlas”.

¿Por qué decidió investigar sobre las perversiones femeninas?
Por un lado, escuchaba casos de pacientes que habían estado sometidos a situaciones traumáticas por parte de sus madres. Y por otro, cuando una mujer en una terapia de grupo intentaba hablar, por ejemplo, de los sentimientos negativos que tenía hacia sus hijos, los demás respondían: “¿Cómo puedes decir semejante cosa?”. Entonces empecé a escucharlas, no como a madres monstruos, sino para tratar de entenderlas.

Parece paradójico que una mujer llame a reconocer las perversiones femeninas, como si hubiese una ganancia en ello.
Es que la hay. Se trata de encarar los conflictos que arrastran las mujeres y que pueden llevar hasta la criminalidad. No reconocerlos es muy cruel: las mujeres quedan abandonadas y reciben un juicio moral mucho más duro que los hombres. Lo que interesa es abrir un campo comprensivo, que ilumine la siquiatría forense respecto de las mujeres, para avanzar en su sanación y aumentar el conocimiento de sus circunstancias en los procesos penales en los que están imputadas.

Usted ha dicho que en todo acto antisocial o delictual hay un llamado de atención, un querer ser escuchado por la sociedad, una esperanza de esa persona que delinque.
Eso creo. De partida, creo que los juicios morales impiden entender las motivaciones y conflictos que subyacen a la conducta antisocial. Las cosas no son en blanco y negro. Las personas actúan determinadas por su propia historia emocional. En el caso de las mujeres, esa historia se construye en relación a la madre. Detrás de una mujer promiscua, de una prostituta o de una maltratadora infantil hay una tremenda carencia en la relación con su madre. Entonces, muchas de estas conductas pueden ser entendidas como venganza contra la madre pero, al mismo tiempo, como un llamado de atención, como la manifestación de un deseo genuino de ser acogidas.

¿Quiere decir esto que los antisociales o delincuentes actúan, en el fondo, buscando una madre que los acoja?
Es lo que he visto en mi experiencia clínica. En general, los actos perversos o delictuales surgen como venganza hacia la madre, pero, al mismo tiempo, como una demanda tardía de afecto.

¿Cuál es la característica que diferencia las perversiones femeninas de las masculinas?
Las personas de ambos sexos atacan a la madre que abusó de ellos, los ignoró o los sometió a determinadas privaciones. Pero los hombres lo hacen actuando contra un objeto externo, mientras que las mujeres ejercen violencia sobre su propio cuerpo o sobre el de sus hijos, que es percibido como una extensión de ella misma.

¿Cuáles serían estas conductas que usted califica como perversas en las mujeres?
Son formas de autodestrucción que van desde la anorexia y la bulimia hasta la prostitución o las relaciones sadomasoquistas, pasando por el daño físico como cortarse o automutilarse. También es el abuso de los hijos, que se manifiesta en conductas de negligencia y descuido hasta los casos más extremos de maltrato y abuso sexual. Cualquiera sea la forma siempre detrás hay un problema con la propia madre. Ese es el punto clave de mi pensamiento.

¿Cuál cree que es la principal motivación de las mujeres para tener hijos?
Lo que he visto en mi experiencia clínica es que, en el fondo, las mujeres deseamos hijos para adquirir poder. Sin duda el poder de la maternidad es impresionante. Ese poder puede ser ejercido para bien, pero también para manipular, utilizar o abusar.

¿Diría usted,entonces, que hay una idealización de la maternidad en nuestra sociedad?
Sí, hay una idealización pero, por otro lado, siempre se ve a la mujer como sometida o víctima. El mito de Edipo lo ilustra muy bien. Siempre hemos culpado a Edipo en vez de culpar a su madre, cuando en realidad la madre es la que está más consciente de la situación. Es la madre la que tiene el poder, pero no somos capaces de percibirlo, justamente por la idealización a la cual está sometida la maternidad.

El incesto es una situación extrema. Pero me imagino que de alguna manera todas las mujeres ejercemos pequeños actos cotidianos de violencia en contra de nuestros hijos.
Así es. Percibimos a los hijos como prolongación de nuestro cuerpo y eso hace que muchas veces abusemos de ellos, más aún de las hijas mujeres. Hay madres que critican mucho a sus hijas, les exigen perfección o les prohíben todo. También pueden burlarse. Por otra parte, está la envidia. Mujeres premenopaúsicas que envidian el cuerpo de sus hijas adolescentes o mujeres que no obtuvieron educación y no apoyan a su hija para que tenga una carrera universitaria. Todos estos conflictos pueden ser muy determinantes en el desarrollo de las hijas y en cómo ellas después ejercerán su maternidad.

Desde su experiencia ¿qué puede decirles a las madres comunes y corrientes para que no caigan en estos “pequeños abusos”?
Primero, que sepan que un bebé no va a resolver sus carencias afectivas sino, probablemente, las va a intensificar, porque ya en el embarazo nos conectamos con experiencias conflictivas que tuvimos con nuestras madres. Muchas mujeres quieren un hijo para que este las quiera y luego se encuentran con la tremenda demanda que les implica un bebé. Eso las frustra. Es necesario que revisemos la relación con nuestra madre y también que nos hagamos cargo del gran poder de la maternidad y de cómo este puede ser utilizado para bien y para mal. Saber que no existe ninguna varita mágica y que, hagamos lo que hagamos, siempre cometeremos errores. Muchas veces nos caen mal los hijos, nos enojamos, estamos cansadas, nos frustramos. Y entonces sentimos culpa, porque no estamos respondiendo al modelo social de la madre perfecta. Hay que liberarse de esos sentimientos. El mito de que la mujer es instintivamente una buena madre nos ha hecho mucho daño.


Prólogo del libro “Madre, Virgen, Puta.

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