Conchita: Ricardo Barreda, el hombre que no amaba a las mujeres

Barreda, un asesino que mató a su esposa, su suegra y sus dos hijas, increíblemente se hace un lugar en alguna simpatía popular. La pregunta es por qué un monstruo tan despreciable encarna en algunos el mito de un hombre que se libera (a escopetazos) de la tiranía femenina en el hogar.

extraído de /enredando.org.ar/

por Jorge Cadús

“Un día, un hombre que hasta ese día había sido inofensivo, se levanta, se mira al espejo y sabe que en pocos minutos será otro. No tendrá intimidad. Frente al espejo, ese hombre sabe que vive sus últimos minutos de anonimato. De hombre honesto que nunca ha matado. Un hombre que por el curso de los acontecimientos ocupará la tapa de los diarios y será el tema central de los noticieros. El caso de estudio preferido de psicólogos, psiquiatras y sabihondos del delito y de la mente humana. Un hombre que ha decidido matar a su familia. Un hombre como cualquier otro. Un hombre cabizbajo que dirá:
–Me decían conchita todo el tiempo. No me veían como a un hombre”.

Así comienza esta crónica de pólvoras, pasión y odio el periodista Rodolfo Palacios.

“Conchita. Ricardo Barreda, el hombre que no amaba a las mujeres” fue publicado por la Editorial Libros de Cerca en el 2012, y hoy tiene en la calle su segunda edición ampliada.

“El libro que inaugura nuestra editorial es la biografía no autorizada de Ricardo Barreda, el hombre que usó una escopeta para matar a sus dos hijas, su esposa y su suegra”, anuncia en su página web la flamante Editorial. Y completa: “Dos décadas después, Rodolfo Palacios explora los detalles del asesinato múltiple e interroga al odontólogo sobre sus móviles, la vida después de la masacre y los alcances de una idolatría que nadie se anima a explicar”.

Sobre la elección del título, el autor advierte que “el libro se llama Conchita no para provocar, sino porque ésa es la palabra que Barreda trae a escena en el juicio, cuando dice ‘me decían conchita’. Y por un lado según su versión -que es la única- es la palabra que le hace apretar el gatillo de la escopeta; y por el otro es la palabra que lo termina por victimizar, porque mucha gente dice, ‘te tienen que decir conchita, a ver uno cómo reacciona’. Y yo en realidad dudo que a Barreda en su momento le hayan dicho así. Los crímenes no fueron por un ataque de emoción violenta. Fueron nueve disparos, con la oportunidad de parar, cargar la escopeta, venía una hija y la mataba, venía otra y la mataba. Uno de los peritos del juicio lo dijo: ‘como patitos de feria’. Había cierta planificación. Estamos hablando de alguien perturbado”.

Gatillazos

El domingo 15 de noviembre de 1992, Ricardo Barreda asesinó a su mujer, su suegra y sus dos hijas.
“Andá a limpiar, que los trabajos de conchita son los que mejor te quedan”, dice que le dijo su esposa, Gladys Elena Margarita MacDonald
“El conchita no va a limpiar nada la entrada. El conchita va a atar la parra”, contestó Barreda.
Fue hasta el bajo escalera, y tomó la Víctor Sarrasqueta de dos caños, una escopeta que le había regalado su suegra.

Volvió al comedor, donde Gladys y una de sus hijas, Adriana, terminaban de almorzar. Barreda disparó. Su esposa recibió dos escopetazos, uno en el pecho, otro en el estómago; Adriana, tres: dos en el pecho y uno en el cuello.

Elena Arreche, madre de Gladys, leía en la planta alta. Su otra hija, Cecilia, se preparaba para salir. Bajan cuando escuchan los disparos. Contará Barreda: “Oigo que baja mi suegra. Aparece por el pasillo y cuando está a la altura de la puerta del comedor, vuelvo a disparar. Dos veces. Veo a Cecilia bajar corriendo por la escalera. Me grita: ‘¿Qué hiciste?’, y creo que también ‘hijo de puta’. Le disparé cuando estuvo a tres metros. En ese momento sentí sensación de alivio, de liberación y de que había hecho justicia”.

Después, se fue a pasar la tarde con su amante. Fue a ver jirafas y elefantes, porque eso lo relajaba. Volvió a la casona de calle 48 N° 809, de La Plata, por la noche. Llamó a la policía y denunció un robo.

Durante nueve días fue un viudo atormentado por las pérdidas.

El subcomisario Angel Nicolás Petti lo descubrió: “Vos las mataste”.

Barreda pasó 17 años en prisión.

En el 2011, la Justicia le otorgó la libertad condicional, y hoy –con 77 años- vive con su novia, Berta André, en el departamento de dos ambientes de ella, en barrio Belgrano.

Pero, ¿por qué escribir un libro sobre Barreda? ¿Qué es lo que atrae en este personaje?

Rodolfo Palacios explica que “me parece interesante lo que despertó en ciertas clases de la sociedad. No digo desde el odio, porque es común que la sociedad odie a un asesino, es lo que corresponde moral, ética y filosóficamente. Pero en este caso me llamó la atención la admiración que ciertas personas, aún hoy a veinte años de los crímenes, siguen teniendo por Barreda, hasta convertirlo casi en un mito popular. En primer lugar fue eso. Y en segundo lugar, me interesaba retratar el costado más desconocido y más humano de Barreda. No el tipo que mata a su familia, sino cómo vive ahora con su nueva novia”.

Oscuridades

“Para los psicólogos, Barreda se reivindicó a través del crimen. Si le decían conchita, afeminado, mujer con barba, la mejor manera de demostrar lo contrario era matarlas a tiros. Y no con una pistolita, sino con una escopeta. El caño largo, brilloso, frío, ancho. Eso, dicen los psicólogos, es el falo. Es como si en los asesinatos Barreda hubiese hablado. Como si a medida que las víctimas caían una por una, como los patitos de una feria, el dentista hubiese dicho:
–Qué conchita ni conchita. Miren el falo que tengo, turras”, señala Palacios en su libro.

La admiración por Barreda se torna mucho más peligrosa en el contexto de una sociedad jaqueada por la violencia de género.

Durante el año pasado 255 mujeres fueron asesinadas por hombres de su círculo íntimo, según el informe realizado por el Observatorio de Femicidios de La Casa del Encuentro.

Ese informe registra que en nuestro país, una mujer es asesinada por violencia machista cada 35 horas. Que en los últimos 5 años se registraron 1.236 femicidios y 87 femicidios vinculados. Que entre enero y febrero de este año 48 mujeres perdieron la vida por el sólo hecho de ser mujeres. Que el 10% de las víctimas había realizado denuncias por violencia de género. Que la mayoría de los femicidios fueron perpetrados por la pareja o ex pareja de la mujer. Que la mayor cantidad de mujeres víctimas de femicidio tienen entre 19 y 50 años. Que la mayoría de las mujeres encuentra la muerte en su propio hogar.

“Es raro. Hace veinte años no se hablaba de femicidios, y no se hablaba de violencia de género. Ahora ya está más instalado en los medios, en la gente, se trata de prevenir estas cuestiones. Y así y todo hay quien admira a Barreda, quien me para por la calle y me dice ‘no, este tipo es un fenómeno, se le fue la mano con las hijas, pero la mujer y la suegra lo tenían podrido…’ Entonces, mi pregunta es por qué. ¿Por qué pasa esto? ¿Será que muchos se sienten identificados con Barreda y no se animan a llevar a la acción esa fantasía de eliminar a su esposa, a su suegra? ¿Será que el tipo aparece en la tele y es famoso y por eso merece firmar un autógrafo y sacarse una foto? Son muchas preguntas, que quizás en realidad no me las respondí. La idea era ver cómo vive Barreda hoy, a veinte años de los crímenes. Y me encontré con un hombre atormentado pero que trata de vivir una segunda vida; de ir al cine; de estar con su esposa, Berta, que conoció en la cárcel; un hombre que sale a pasear y de diez personas lo insultan nada más que tres, dos son indiferentes y cinco lo elogian”, apunta Palacios.

Y define no sin precisión: “Barreda es el rockstar del crimen argentino. Yo comprobé caminar con él por Belgrano, al principio con cierto temor, porque uno se expone. Íbamos al chino, él compraba vino, vi cómo se relaciona con los vecinos, lo bien que lo tratan. Vi un Barreda desconocido que es capaz de emocionarse con una escena de Tiempos Modernos, de Chaplin. Un Barreda que cuida dos cotorras -como dice él- como sus hijas. Y eso me iba generando dudas, y por momentos decía ‘no quiero ver más a este hombre’. Porque si bien no era una cárcel -fueron más de diez encuentros en su casa- estar con una persona que ha matado, una persona oscura, es una oscuridad que a veces se impregna. Y cuesta salir de eso”.

Estampitas

“Hay otros que le dicen conchita por admiración. Es un coro de machos que alienta a Barreda. Acaso porque ellos no pudieron cumplir la fantasía. Conchita se animó. Aguante conchita. Conchita ídolo. Conchita viejo y peludo nomás. Conchita mía. No te mueras nunca, Conchita. Firmame un autógrafo para mostrárselo a los muchachos. Su familia también le decía conchita. Eso dijo él. La suya es la única versión. Sólo ellas podrían desmentirla, pero están muertas. Según él, lo humillaban día y noche. Conchita, andá a lavar los platos. Conchita, limpiá la casa que las tareas de mujer son las que mejor te quedan. Barré, conchita. Conchita, lavános las bombachas. Bien limpias, conchita, nada de mojarlas una vez y ponerlas a secar al sol. No conchita, así no. Conchita esto. Conchita la otro. Conchita egoísta. Conchita vago. Conchita afeminada. Conchita rebelde. Conchita al aire. Conchita sucia. Conchita aburrida.
Y mientras ellas decían conchita, él decía que sí con la cabeza. Como un perro amaestrado. Un pusilánime de manual. Eso dice él. Los jueces le creyeron”
, escribe Rodolfo Palacios.

Y las imágenes golpean, con la crudeza de lo inexplicable. La estampita de San Barreda. San Barreda cacerola en mano, pidiendo justicia en las jornadas del 8N y el 18A.

¿Qué sugieren esas postales? ¿Qué descubren de nosotros mismos?

“La imagen de los cacerolazos es real”, afirma Palacios. “Barreda fue a los dos cacerolazos, al del 8N y al de abril, en contra del gobierno. En los encuentros, muchas veces yo trataba de sacarme prejuicios, y decir estoy con un jubilado quejoso hincha de Estudiantes, que putea por la inflación, que putea a la presidenta, que puede ser cualquier jubilado de cualquier lugar de Buenos Aires. Y bueno: son sus posturas políticas, sus maneras de protestar. Lo que es raro es que un asesino vaya a una marcha, se mezcle con el resto de la sociedad. En cuanto a las estampitas de San Barreda, me parecen parte de un folclore popular que no comparto, que me parece de mal gusto porque hay cuatro personas que murieron y una persona que las mató. Pero así y todo esa estampita de San Barreda, estampita que dice ‘San Barreda, San Barreda / que esta noche mi vieja no se queda’, circula en las redes sociales. Y en Mar del Plata hay un grupo de dentistas y médicos que se reúne una vez por mes para rendirle tributo a San Barreda”, revela el periodista.

Y aclara que “uno se pregunta en qué clase de sociedad puede surgir esto. Y empecé a escribir el libro con muchas preguntas, y a medida que me iba metiendo en el tema y la escritura surgieron más preguntas que no las pude responder. Y aunque mi idea con estos personajes no es juzgarlos, las escenas que elijo, y cómo las elijo, terminan juzgándolos”.

Matar y morir

Está claro que hay distintas maneras de matar y morir.

Escribe Palacios: “Todo aquel que mata descubre, horrorizado, que no sólo mata a su víctima. También se mata a sí mismo. No se vuelve de ese acto único y fatal. Nadie que haya matado ha vuelto a ser el mismo. Hasta cambia de cara: sus rasgos se vuelven rígidos, como una máscara funesta. Ver las fotos de un asesino antes y después de su crimen es como si se vieran las imágenes de dos personas distintas. El asesinato se adueña de la expresión de quien lo comete. Es un signo imborrable, como la marca bíblica de Caín. Esa marca que Dios le adhirió a su alma después del crimen de Abel: “Ahora estás maldito y vagarás eternamente sobre la tierra”. Los que matan, a veces, son eso: malditos que vagan sobre la tierra. No hay manera de evitar esa cicatriz.
Todos los asesinos llevan su crimen en la cara”.

¿Y las sociedades? ¿Pueden las sociedades evitar las cicatrices de los crímenes que genera?
¿Pueden ocultar esas marcas, esos gestos? ¿Puede el periodismo señalar las cicatrices?

“Creo que detrás de todo delito hay una cuestión política y social. Salvo en algunos casos, sobrer los que también he escrito, como Robledo Puch, Yiya Murano o Arquímedes Puccio, que son casos más aislados”, señala Palacios.

Y consigna: “un asesino, un ladrón, son producto de la sociedad, no están al margen. Y lo que es aterrador y siniestro es lo mucho que nos parecemos”.


Conchita: Ricardo Barreda, el hombre que no amaba a las mujeres
Rodolfo Palacios
ISBN: 978-950-49-4703-5
AÑO PUBLICACIÓN: 2013

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